jueves, 17 de octubre de 2013

La historia de las Voyager, los mensajeros interestelares de la humanidad

¿Qué misión espacial no tripulada es la más importante de todos los tiempos? Hay muchas candidatas, pero tanto por sus resultados científicos como por el impacto que causaron en toda una generación, me quedo con las sondas Voyager, los viajeros cósmicos por antonomasia. Las Voyager nos descubrieron un Sistema Solar exterior fascinante, complejo y misterioso a partes iguales. Incluso hoy, acostumbrados como estamos a las espectaculares imágenes de sondas como la Cassini o Curiosity, las fotografías de las Voyager siguen siendo mágicas. Como muestra, vale la pena recrearse en esta asombrosa imagen de Júpiter compuesta por Björn Jónsson a partir de 14 fotografías originales de la Voyager 1 procesadas con técnicas actuales:

Imagen 1 - ¿No es simplemente alucinante? Y lo más sorprendente es que se trata de imágenes tomadas hace más de treinta años. Créditos: NASA / JPL / Björn Jónsson

El 5 de septiembre de 1977, hace ahora casi 35 años, la Voyager 1 despegó desde Cabo Cañaveral a bordo de un cohete Titán 3E-Centaur. A pesar de su nombre, la Voyager 1 fue lanzada después que su hermana -lanzada el 20 de agosto de ese mismo año-, pero como debía seguir una trayectoria más rápida hasta Júpiter, la NASA consideró que era mejor reservar el numeral '1' para la primera nave que llegase al gigante joviano. En realidad, las Voyager debían haber pasado a la historia como las Mariner 11 y Mariner 12, y sólo a última hora -el 4 de marzo de 1977- se decidió bautizarlas con un nombre menos anodino y más acorde con su histórica misión. La elección del nombre corrió a cargo del equipo de la misión, quien también propuso nombres como Nomad o Pilgrim. Un programa de la NASA de finales de los años sesenta para mandar varias sondas a Marte también se había llamado Voyager, así que la elección causó cierto revuelo en la NASA por temor a que se confundieran los dos proyectos.

Imagen 2 - Logo Misión Voyager. Créditos: NASA

El Grand Tour, la oportunidad del siglo

La misión de las Voyager fue única en un sentido estricto. El destino quiso que los planetas exteriores del Sistema Solar se alineasen a finales de los años 70 para permitir que una nave espacial pudiera visitarlos en pocos años mediante maniobras de asistencia gravitatoria sin necesidad de consumir combustible. Fue una verdadera suerte que esta alineación se produjese justo cuando la humanidad había aprendido a viajar por el espacio. Si el Sputnik hubiese sido lanzado una década más tarde no habríamos podido aprovechar esta oportunidad y tendríamos que haber esperado a mediados del siglo XXII para que se volviese a repetir. Qué cortas son nuestras vidas comparadas con el movimiento de los planetas.

El primero en darse cuenta de las posibilidades prácticas de esta alineación planetaria fue Gary Flandro, un posgraduado del laboratorio JPL de la NASA. Flandro se basó a su vez en los estudios de Michael Minovich, un científico del JPL que en 1961 había detallado cómo llevar a cabo una misión a Mercurio utilizando la asistencia gravitatoria de Venus, esquema que finalmente sería usado por la sonda Mariner 10. Minovich también había estudiado en 1962 posibles misiones a los planetas exteriores y había llegado a la conclusión de que se podía lanzar una sonda a varios planetas exteriores en las ventanas de 1962-1966 y 1976-1980. En 1964, Flandro refinó los cálculos de Minovich y se dio cuenta de que una sola sonda lanzada en 1976-1978 podría visitar los cuatro planetas exteriores, o bien varias combinaciones de los mismos además de Plutón. La última vez que los planetas se habían alineado de forma parecida fue en 1801. Para apreciar el alcance del descubrimiento, hay que tener en cuenta que una misión sin asistencia gravitatoria que use métodos de propulsión convencionales tardaría treinta años en llegar a Neptuno...¡treinta años!. Y sin embargo, usando esta maniobra, sólo necesitaría doce. Flandro no se lo podía creer. La naturaleza había puesto a los planetas exteriores al alcance de la humanidad. Y durante unos días fue la única persona en el mundo que lo sabía.

Imagen 3 - Gary Flandro. Créditos: NASA

Flandro denominó a una hipotética misión de este tipo como Grand Tour. En realidad, el nombre no fue idea suya, sino que lo tomó prestado de la obra del italiano Gaetano Crocco, quien en 1956 había propuesto misiones a Venus y Marte usando maniobras de asistencia gravitatoria. Además de visitar Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno en un solo viaje -trayectoria JSUN-, la alineación planetaria de los 70 permitía visitar Júpiter, Urano y Neptuno -trayectoria JUN- o Júpiter, Saturno y Plutón -trayectoria JSP- por separado.

Las Voyager fueron en realidad un plan de contingencia propuesto por la NASA para aprovechar la irrepetible ventana de lanzamiento de 1977-1979. En principio, la agencia había propuesto una misión mucho más ambiciosa a cargo de cuatro sondas llamadas TOPS, más conocidas por el nombre que Flandro había hecho popular, Grand Tour. Además de los cuatro planetas gigantes, dos de estas cuatro naves hubieran visitado Plutón. Las sondas TOPS fueron canceladas por su excesivo coste, pero la NASA propuso rápidamente las misiones Mariner Jupiter-Uranus (MJU) y Mariner Jupiter-Saturn (MJS) para reemplazarlas. El proyecto Mariner Jupiter-Saturn de 1977 (MJS77) sería finalmente el elegido y evolucionaría hasta dar lugar a las Voyager. En principio, y para mantenerse dentro del magro presupuesto, las dos naves debían limitarse a sobrevolar Júpiter y Saturno, aunque serían capaces realizar el Grand Tour inicialmente previsto y visitar los cuatro planetas exteriores si la NASA recibía los fondos pertinentes. Paradójicamente, aunque el presupuesto inicial de las Voyager fue de 250 millones de dólares, muy inferior a los 750 millones del programa TOPS, la factura de final de la misión desde su comienzo hasta el siglo XXI terminaría alcanzado los 865 millones debido a las sucesivas misiones extendidas. Eso sí, el coste estaría repartido entre más de tres décadas de operaciones, así que probablemente las Voyager sean las misiones más eficientes jamás lanzadas teniendo en cuenta la relación entre el precio y los resultados científicos.

Imagen 4 - Emblema original de la misión MJS77. Créditos: NASA

Pero había un problema. La ventana de lanzamiento de 1977 sólo permitía visitar los cuatro planetas gigantes siempre y cuando las naves no pasasen cerca de Ío y Titán, dos objetivos claves de la misión. Por este motivo, los encargados de la misión TOPS habían decidido en su momento mandar dos naves en la trayectoria Júpiter-Saturno-Plutón y otras dos en la ruta Júpiter-Urano-Neptuno. Por lo tanto, desde el principio se tomó la decisión de 'sacrificar' una de las dos Voyager para visitar Ío y Titán a poca distancia. La nave elegida, que finalmente sería la Voyager 1, no podría continuar hacia Urano y Neptuno, incluso si la NASA decidía ampliar su misión. Si por algún motivo la Voyager 1 no hubiera podido sobrevolar Ío y Titán, la Voyager 2 hubiera tomado el relevo de su gemela y la humanidad habría perdido la histórica oportunidad de visitar Urano y Neptuno. Para los científicos de la misión, Titán -la unica luna con atmósfera del Sistema Solar- bien valía ese sacrificio.

Por suerte, tras el éxito de las visitas de Júpiter por las dos sondas en 1980 y 1981, la NASA recibió la autorización para mandar la Voyager 2 a Urano y Neptuno, aunque en ese momento nadie sabía si algunos instrumentos de la sonda, especialmente las cámaras, serían capaces de funcionar correctamente a tales distancias de la Tierra y en unas condiciones que se salían de las especificaciones originales. Finalmente, la responsabilidad de realizar el Grand Tour original recaería sobre la Voyager 2.

Imagen 5 - Trayectoria de las dos naves Voyager. Créditos: NASA

Dos naves gemelas

Aunque en teoría debían haber formado parte de la serie Mariner, las Voyager eran muy distintas a esta mítica familia de naves. Cada Voyager era básicamente una gran antena de alta ganancia de 3,66 metros de diámetro unida a un cuerpo decagonal con unas dimensiones de 1,88 metros de diámetro y 47 centímetros de alto donde se encontraba la mayor parte de los sistemas electrónicos, un tanque de hidrazina y el sistema de propulsión. La masa al lanzamiento era de 826 kg, incluyendo 115 kg correspondientes a los diez instrumentos científicos. Aunque no den esa impresión, lo cierto es que las Voyager eran bastante grandes para los estándares de la época.

Imagen 6 - Aspecto de las Voyager. Créditos: NASA

Imágenes 7 y 8 - Diseño y partes de la nave. Créditos: NASA

Sobresaliendo del cuerpo principal, varios brazos y antenas desplegables daban a las sondas un aspecto de frágil insecto cósmico. El más importante era el brazo de la plataforma de instrumentos, donde se encontraban las cámaras. La plataforma móvil, de 107 kg, era capaz de orientarse en dos ejes y resultaba fundamental para permitir que las cámaras e instrumentos apuntasen constantemente a las lunas de los planetas gigantes mientras las sondas pasaban a toda velocidad a través de cada sistema planetario. Sin ella, nunca habríamos disfrutado de las espectaculares imágenes de la misión.

La plataforma incorporaba dos cámaras, un espectrómetro ultravioleta (UVS), un espectrómetro infrarrojo (IRIS), un instrumento de plasma y un fotopolarímetro. Las cámaras de las Voyager, conocidas por el anodino nombre de Imaging Science Subsystem (ISS), fueron la carta de presentación de la misión para el gran público y las protagonistas indiscutibles de todos los instrumentos. Eso sí, eran muy diferente de las cámaras digitales actuales, basadas en el uso de CCDs. Se trataban en realidad de dos cámaras de televisión a base de tubos vidicon, una con un objetivo gran angular dotado de una focal de 200 mm (f/8.5), y otra con un teleobjetivo de 1500 mm (f/3). Cada cámara estaba equipada con ocho filtros y la masa total del instrumento era de 38,2 kg. Para los niveles actuales, la calidad de las imágenes sin procesar no era gran cosa: cada fotografía tenía 0,64 megapíxels (más concretamente, 800 líneas con 800 píxeles cada una). Dependiendo de la iluminación, las cámaras podían tardar entre 0,005 y 61 segundos en tomar una imagen.

Imágenes 9, 10 y 11 - Plataforma de instrumentos de las Voyager. Créditos: NASA/JPL

Por otro lado, el espectrómetro infrarrojo IRIS (Infrared Radiometer Interferometer and Spectrometer) estaba formado en realidad por tres instrumentos en uno. Su función principal era medir la temperatura y composición de los cuerpos celestes. Contaba con un campo de visión de 15' y estaba dotado de un telescopio Cassegrain de 50 cm de diámetro. El espectrómetro ultravioleta UVS (Ultra-Violet Spectrometer) trabajaba en el rango de longitudes de onda de 400-1600 angstroms y tenía una masa de 4,5 kg. El experimento de rayos cósmicos CRS (Cosmic Rays Subsystem) también estaba situado en el brazo de instrumentos, aunque no en la plataforma móvil, y era capaz de detectar partículas con energías de 0,15-500 MeV por nucleón. Al lado de este instrumento se hallaba el detector LECP (Low-Energy Charged Particle Detector) para captar de partículas cargadas de baja energía. El fotopolarímetro (PPS, Photopolarimeter Subsystem) fue el instrumento gafado de la misión. Debía estudiar las partículas y anillos de los planetas gigantes en longitudes de onda de 230-750 nm, pero sin embargo el PPS de la Voyager 1 dejó de funcionar antes del encuentro con Júpiter y el de la Voyager 2 experimentó multitud de problemas que impidieron su correcto funcionamiento, aunque transmitió datos útiles de varios cuerpos celestes durante el transcurso de la misión. Por su parte, el instrumento de plasma PLS (Plasma Investigation System) tenía una masa de 9,9 kg y consistía en dos detectores de partículas cargadas de baja energía.

También sobresalían de las sondas dos antenas de 10 metros que formaban un ángulo de 90º entre sí y que eran parte de los instrumentos de radioastronomía planetaria (PRA) y del estudio de las ondas de plasma (PWS) al mismo tiempo. Por último, cada sonda tenía un mástil desplegable de 13 metros y 2,3 kg en el que se situaban dos magnetómetros para campos magnéticos débiles, uno situado en el extremo del mástil y otro a seis metros de la nave. Otros dos magnetómetros para campos intensos (20 gauss) estaban situados en el cuerpo del vehículo. El instrumento PLS, las antenas PWS y los detectores de partículas, los instrumentos más 'aburridos' durante la fase de estudio de los planetas, se convertirían con el tiempo en los protagonistas de la misión para estudiar los límites de la heliosfera.

Imagen 12 - Prueba en tierra del despliegue del magnetómetro. Créditos: NASA

Otro brazo de 2,3 metros portaba los tres generadores de radioisótopos (RTGs) que proporcionarían energía eléctrica a la sonda en los lejanos confines del Sistema Solar, allá donde el Sol no es más que una estrella ligeramente más brillante que el resto. Cada RTG pesaba 39 kg y estaba situado en un contenedor de berilio de 40,6 x 50,8 cm, y podía generar 157 W de potencia eléctrica al lanzamiento gracias a la desintegración del plutonio-238. En total, los tres RTGs proporcionaban 7 kW de potencia calorífica, que se transformaban en 470 W eléctricos, una cifra que ya se había reducido a 400 W durante el sobrevuelo de Saturno y que en 1997 rondaba los 335 W. Cada año, la potencia eléctrica disponible disminuía unos 7 W por culpa de la desintegración del plutonio y la degradación de los termopares.

Imágenes 13 y 14 - RTGs de las Voyager. Créditos: NASA

Las sondas fueron diseñadas de tal forma que la potencia máxima consumida, con todos los sistemas y los diez instrumentos funcionando a la vez, fuese de unos 400 W. Los RTGs de las Voyager habían sido construidos a partir de los RTGs de las canceladas sondas TOPS y, por primera vez, el plutonio estaba almacenado en forma de pequeñas esferas sólidas y no como polvo metálico, evitando así la posibilidad de una fuga de material radiactivo en caso de un accidente durante el lanzamiento. Para evitar los nocivos efectos de la radiación proveniente de los RTGs sobre los instrumentos de la plataforma móvil, éstos estaban situados a 6,7 metros de distancia en la dirección opuesta. Además, entre los RTGs y los instrumentos se hallaba todo el cuerpo central de la nave.

Curiosamente, la mayor parte de ilustraciones de las Voyager no reflejan su verdadero color. Aunque la antena de alta ganancia era de un blanco inmaculado, lo cierto es que el cuerpo de la sonda era predominantemente negro azabache para permitir así un mejor control de la temperatura. Efectivamente, el vehículo estaba cubierto por láminas de kaptón, un material que, además de ser oscuro, conduce la electricidad y evita la acumulación de cargas electrostáticas en zonas aisladas de la nave. Bajo el kaptón se encontraban varias capas de mylar y tedlar, este último un material usado para proteger a los satélites de impactos de micrometeoros. Además, cuatro de los diez compartimentos con los equipos electrónicos estaban dotados de pequeñas 'persianas' para regular la temperatura del interior. También se emplearon calefactores de plutonio (RHUs) de 1 W de potencia para elevar la temperatura de los magnetómetros y sensores solares. Los RHUs complementaban a varios calefactores eléctricos convencionales en aquellas partes de la nave más inaccesibles.

Imagen 15 - Los encargados del proyecto Voyager. Créditos: NASA

A pesar de su bajo coste comparado con el programa Grand Tour, el proyecto Voyager fue uno de los más ambiciosos y arriesgados jamás lanzados por la NASA. Y es que las dificultades técnicas a los que se enfrentaron los encargados de la misión eran enormes.

Para empezar, las dos naves debían llevar a cabo todo tipo de operaciones de forma autónoma. La gran distancia a la que se encuentran los planetas exteriores impedía una comunicación fluida con las sondas. Para lograrlo, cada vehículo llevaba tres ordenadores redundantes dotados de una memoria de 4-8 kB. En condiciones normales, un ordenador -el FDS (Flight Data Subsystem)- sería el encargado de las comunicaciones con la Tierra. Otro gestionaría el flujo de datos de los instrumentos (CCS, Computer Command Subsystem) y un tercero controlaría en todo momento la posición de la nave y de la plataforma de instrumentos (el AACS, Attitude and Articulation Control Subsystem). Un tercio de la memoria de uno de los ordenadores podía ser reprogramada en vuelo, lo que resultaría esencial de cara a la misión extendida de la Voyager 2 en Urano y Neptuno. Las naves también disponían de un grabador de cinta magnética con una capacidad de almacenamiento de 67 MB, suficientes para guardar unas cien fotos a máxima resolución. El diseño de los ordenadores de las Voyager se basaba en el ambicioso sistema STAR (Self Testing and Repair) que debía haber controlado las sondas TOPS.

Imagen 16 - La sonda en configuración de lanzamiento. Créditos: NASA

La estabilidad de la nave era una de las mayores preocupaciones de los ingenieros. A diferencia de las Pioneer, que estaban estabilizadas mediante giro, las Voyager serían naves del tipo 'estabilizadas en tres ejes', es decir, que no podrían usar las ventajas de la conservación del momento angular. Este requisito era necesario para permitir que los instrumentos -especialmente las cámaras- pudiesen apuntar a sus objetivos de forma más o menos continua. El problema es que al mismo tiempo la nave debía mantener la antena principal constantemente apuntada hacia la Tierra, lo que significaba que la capacidad de orientación de la sonda debía tener una precisión de al menos un sexto de grado en todo momento, la anchura del haz de radio emitido por la sonda.

Para ello, las Voyager disponían de un conjunto de 16 impulsores de 0,89 newtons de empuje a base de hidrazina. Doce de estos impulsores servían para controlar la orientación de la nave y cuatro para maniobras de cambio de trayectoria. El tanque de hidrazina, de 71 centímetros de diámetro y fabricado en titanio, estaba situado en el centro del cuerpo decagonal del vehículo y contenía 104 kg de esta sustancia. El sistema de propulsión de las Voyager permitía un cambio de velocidad total, o Delta-V, de 0,19 km/s, muy poco para una misión tan ambiciosa. Sin embargo, el escaso empuje de los motores de las sondas no sería un inconveniente: la gravedad de los planetas gigantes se encargaría de la mayor parte del trabajo de 'propulsión'. La sonda se orientaba en el espacio gracias a un sensor solar y dos sensores estelares, que tenían como referencia a la estrella Canopus (la más brillante del cielo lejos de la eclíptica). El sensor solar sobresalía a través de un hueco en la antena de alta ganancia.

Otro desafío era la radiación. Las sondas Pioneer 10 y 11 habían descubierto en 1974 y 1975 que los niveles de radiación en las cercanías de Júpiter eran mucho más elevados de lo que se esperaba. Como resultado, fue necesario aumentar el 'blindaje' de la nave para evitar que los sistemas de la nave resultasen fritos por las partículas de alta energía. Por último, las comunicaciones constituirían una verdadera odisea. Las estaciones terrestres de la red DSN de la NASA (Goldstone, Madrid y Australia) deberían ser capaces de captar la débil señal de 23 W que emitían las naves a través de las dos antenas de alta y baja ganancia. ¡Captar una señal con la potencia de una bombilla a distancias superiores a los 4500 millones de kilómetros! Difícil, sí, pero no imposible.

Imagen 17 - Pruebas en tierra de la sonda. Créditos: NASA

Cada sonda disponía de cuatro transmisores redundantes capaces de enviar señales en banda-S (2,3 GHz) y en banda-X (8,4 GHz), así como dos receptores en banda-S para captar las órdenes procedentes de la Tierra. Los receptores eran redundantes, lo que de hecho salvó la misión de la Voyager 2 cuando su receptor primario falló en abril de 1978. Las Voyager transmitían datos a una velocidad de 115,2 kbps a la distancia de Júpiter, pero sólo a 14,4 kbps desde la órbita de Neptuno. El canal en banda S se usó hasta el encuentro con Neptuno en 1989 para mandar ordenes a las naves a 40 bps, pero ahora únicamente se usa la banda X.

Pero sin duda, el elemento más famoso de las Voyager serían los mensajes destinados a posibles alienígenas que encontrasen las sondas en el futuro, una iniciativa dirigida por el popular astrónomo Carl Sagan. A diferencia de la simple placa que llevaron las sondas Pioneer 10 y 11, las Voyager incluirían el disco 'Sonidos de la Tierra', también conocidos simplemente como Voyager Golden Record, un disco de cobre de 30 centímetros de diámetro bañado en oro -un elemento muy estable- con imágenes, canciones y sonidos de nuestro planeta. La cubierta del disco contiene las instrucciones para su uso y la descripción de la posición de la Tierra en la Galaxia con respecto a varios púlsares, así como un trozo de uranio-238 de gran pureza. Gracias a este trozo de uranio, los posibles alienígenas que capturen las sondas serán capaces de saber su edad con precisión.

Imágenes 18 y 19 - El disco 'Sonidos de la Tierra' y su cubierta con las instrucciones para usarlo y su lugar de instalación. Créditos: NASA/JPL

La parte en audio contiene un saludo en 55 idiomas -incluyendo lenguas muertas como el acadio o el hitita-, 35 'sonidos de la Tierra' -latidos, besos, risas o cantos de ballena-, así como 90 minutos de música de todo tipo, desde Mozart hasta Chuck Berry. Las 115 imágenes se grabaron en formato analógico, por lo que el disco incluye las instrucciones para reconstruirlas. El disco se instaló en un lateral de la nave y no en su interior, como pedían algunos para protegerlo mejor de los micrometeoros. Los 'Sonidos de la Tierra' siguen siendo actualmente el mensaje físico más elaborado que la humanidad haya enviado para comunicarse con una posible civilización extraterrestre, aunque las probabilidades de que algún alienígena pueda detectar alguna de las pequeñas Voyager en medio del espacio interestelar es prácticamente nula.

Imagen 20 - Cubierta del disco antes de instalarlo en la nave, junto con una bandera norteamericana. Créditos: NASA

Imagen 21 - Instalación del disco en la nave. Créditos: Revista LIFE

Unos comienzos problemáticos

La ventana de lanzamiento para la trayectoria Júpiter-Saturno-Urano-Neptuno se abría el 20 de agosto de 1977 y sólo duraría un mes. Para no desperdiciar esta oportunidad histórica, se tomó la decisión de construir tres sondas, denominadas VGR77-1, VGR77-2 y VGR77-3. La VGR77-1 era un modelo técnico de ingeniería y carecía varios sistemas esenciales, pero sería usada como 'donante' de repuestos en caso necesario y por este motivo se traslado a Cabo Cañaveral junto con las otras dos sondas de serie. En principio, la primera en despegar debía haber sido la VGR77-2, pero antes del lanzamiento se detectaron problemas con dos de los tres ordenadores principales y fue sustituida por la VGR77-3. Tras ser reparada, la VGR77-2 sería lanzada posteriormente como la Voyager 1.

Imagen 22 - Lanzamiento de la Voyager 2. Créditos: NASA

La Voyager 2 (VGR77-3) fue lanzada el 20 de agosto de 1977, justo cuando se abría la ventana de lanzamiento para la trayectoria JSUN. Ese mismo día comenzaron los problemas con la nave. Antes y durante el despegue, la sonda experimentó fallos del ordenador AACS, provocando que la nave cambiase al ordenador de reserva. Se produjo además otro contratiempo debido a que la velocidad de giro del cohete Titán III excedió los límites de los tres giróscopos del sistema inercial de la sonda, dejando a la Voyager sin capacidad de navegación. Afortunadamente, durante esta crítica fase el control del vehículo estaba a cargo del ordenador de la etapa superior Centaur del Titán III. Sin embargo, para esta misión el impulso de la Centaur no era suficiente. La nave debía encender un motor de combustible sólido adicional para poder viajar hasta Júpiter. La trayectoria inicial de la Voyager 2 sería una órbita solar elíptica con un afelio situado a 942 millones de kilómetros del Sol.

Por suerte, cuando el motor se encendió 71 minutos después del lanzamiento, el problema con los giróscopos se había solucionado sin intervención humana. Sin embargo, apenas dos minutos después de que finalizase este encendido, la Voyager 2 sufrió otro problema de orientación y entró en modo seguro para evitar que la antena de alta ganancia dejase de apuntar a la Tierra. Este incidente fue corregido, pero entonces el control de la misión observó con horror que la telemetría de la nave indicaba que el brazo con la plataforma de instrumentos no se había desplegado correctamente. De ser así, la misión podía darse prácticamente por perdida de cara a la opinión pública. Afortunadamente, después de tomar varias fotografías y comprobar el campo estelar al que apuntaban las cámaras, se supo que el error residía en el sensor que debía confirmar el correcto despliegue de la plataforma y no en ésta.

Imagen 23 - Inserción de la Voyager en la cofia del cohete. Bajo la sonda se aprecia el motor de combustible sólido. Créditos: NASA

Pero la Voyager 2 siguió dando guerra. Diez días después del lanzamiento se realizó una maniobra para corregir la trayectoria, comprobándose que uno de los propulsores de hidrazina de la sonda estaba mal orientado y su escape incidía sobre otras estructuras de la nave. Como resultado, la Voyager 2 se desviaba ligeramente de su rumbo cada vez que el propulsor se activaba, gastando más combustible del previsto. De seguir así, no habría podido continuar con su misión más allá de Saturno. Para solventar este inconveniente, fue necesario reprogramar el sistema de propulsión del vehículo, además de mejorar el sistema de navegación. A partir de entonces, el sistema de guiado también usaría la estrella Deneb además de Canopus para ahorrar combustible. A pesar de todo, hacia el 2 de septiembre ya se había comprobado el correcto funcionamiento de la mayoría de sistemas e instrumentos.

No obstante, en noviembre la sonda volvió a perder el control de actitud al expulsarse la tapa del instrumento IRIS. El problema se solventó, pero un mes después se descubrió que IRIS estaba mandando datos de poca calidad por culpa de la deformación en el vacío del material usado para fijar los espejos del telescopio. El asunto se solucionó activando un simple calefactor en el instrumento, pero el susto fue mayúsculo.

Comparado con el de su hermana, el lanzamiento de la Voyager 1 (VGR77-2) el 5 de septiembre fue como la seda. Y más le valía que lo fuera, porque la ventana de lanzamiento sólo permanecería abierta hasta el 20 de septiembre. Eso sí, antes del despegue la NASA decidió revisar el sistema de despliegue de la plataforma de instrumentos y otras partes de la nave después de los problemas experimentados con la Voyager 2. Estas pruebas obligaron a retrasar el despegue, que originalmente estaba previsto para el 1 de septiembre. Aunque el lanzamiento fue correcto, la etapa Centaur funcionó inicialmente peor de lo esperado y tuvo que aumentar la duración de su segundo encendido para compensar este problema. Si la Centaur no hubiera corregido su escaso rendimiento inicial, la Voyager 1 no habría podido alcanzar Júpiter. Pero lo más grave es que si esta etapa Centaur hubiese sido la empleada en el lanzamiento de la Voyager 2, la nave habría sido incapaz de llegar a Urano y Neptuno. La misión se había salvado por muy poco.

Imagen 24 - Lanzamiento de la Voyager 1. Créditos: NASA

Dos semanas después del despegue, la Voyager 1 tomaría la primera imagen icónica de la misión: una fotografía del sistema Tierra-Luna a doce millones de kilómetros. Era sólo un aperitivo de lo que estaba por venir. Moviéndose en una trayectoria más rápida, la Voyager 1 adelantó a su hermana el 19 de diciembre. Para no ser menos que su hermana, la sonda experimentó su cuota de problemas el 23 de febrero de 1978, cuando se detectó que la plataforma móvil de instrumentos se había atascado por culpa de un problema con el lubricante. Aunque el problema se solucionó tres meses después gracias al esfuerzo de los ingenieros, la salud de la plataforma de la Voyager 1 constituyó un dolor de cabeza durante toda la misión.

Imagen 25 - El sistema Tierra-Luna visto por la Voyager 1 a doce millones de kilómetros. Créditos: NASA

No obstante, el incidente más grave de la misión tuvo lugar en abril de 1978, cuando casi se pierde el contacto con la Voyager 2 de forma permanente por culpa de una concatenación de problemas menores. El control de tierra, enfrascado con el asunto de la plataforma de la Voyager 1, se había olvidado de comunicarse con la Voyager 2. La nave incorporaba un sistema de seguridad de tal forma que si en una semana no recibía ningún mensaje desde la Tierra, el ordenador debía asumir que existía un problema con el receptor primario y cambiaría al receptor secundario. Desgraciadamente, el receptor secundario tenía un defecto por el cual sólo podía captar las señales que se enviasen hacia la sonda en una única frecuencia determinada. En condiciones normales, los receptores de las Voyager eran capaces de reconocer la frecuencia de la señal incidente y ajustarse a ella, pero no en el caso del receptor secundario.

En principio, el control de la misión no le dio importancia al cambio de receptores porque la nave también estaba programada para volver a activar el receptor primario si no se recibía ninguna señal a través del secundario tras doce horas, cosa que la sonda hizo diligentemente. Lamentablemente, media hora después del cambio, el receptor primario sufrió un cortocircuito y quedó fuera de servicio. Siete días más tarde, la sonda cambió automáticamente al receptor secundario otra vez. Finalmente, la NASA pudo comunicarse con la nave el 13 de abril a través de la estación de Madrid, pero no sin dificultades. Debido a los movimientos relativos de la rotación terrestre, de la Tierra alrededor del Sol o de la propia sonda, el equipo de la misión tuvo que calcular la frecuencia exacta de las señales enviadas hacia la Voyager 2 para que pudiesen ser 'escuchadas' por el problemático receptor secundario.

Pero el control de tierra no había tenido en cuenta los efectos de la temperatura de la nave en la frecuencia (una diferencia de 1º C podía ocasionar cambios de hasta 96 Hz), así que las comunicaciones no se normalizarían hasta varios días más tarde, justo a tiempo para que la sonda pudiera realizar una maniobra crítica el 3 de mayo. Desde entonces, todas las comunicaciones con la Voyager 2 tuvieron que tener en cuenta el cálculo de las frecuencias exactas, para lo cual se llegó a construir un modelo térmico de la sonda con el fin de calcular las variaciones en la temperatura del receptor con una precisión de 0,1º C. La crítica misión de la Voyager 2 dependía ahora de un único receptor.

Imagen 26 - Detalle de la antena de alta ganancia. Créditos: NASA

Júpiter

Resulta prácticamente imposible resumir los resultados científicos de los encuentros de las dos naves viajeras con los cuatro gigantes gaseosos exteriores. Porque las Voyager no se limitaron a sobrevolar cuatro planetas, sino que estudiaron cuatro sistemas solares en miniatura completos, cada uno de ellos con decenas de mundos nunca antes vistos de cerca.

La Voyager 1 comenzó la fase de observación del gigante joviano el 4 de enero de 1979. A medida que se acercaba a Júpiter se pudieron vislumbrar más y más detalles del planeta y sus lunas. El 13 de febrero el disco de Júpiter era tan grande que no cabía en una sola imagen y la nave realizó una de sus fotos más conocidas en las que se ve la Gran Mancha Roja con Ío y Europa posando delante del planeta. El 3 de marzo la sonda entró en la magnetosfera de Júpiter y cruzó la órbita de Calisto, el más exterior de los cuatro satélites galileanos. Dos días después, la Voyager 1 sobrevoló Júpiter a 206 700 kilómetros por encima de sus nubes, descubriendo de paso un anillo de finas partículas desconocido hasta entonces.

Imagen 27 - Ío y Europa en frente del planeta. Créditos: NASA

Pocas horas más tarde, la Voyager 1 pasó a tan sólo 21 000 kilómetros de Ío, uno de los encuentros más cercanos con una luna llevado a cabo durante toda la misión de ambas sondas. Las fotografías revelaron un misterioso cuerpo amarillo-anaranjado con una superficie sin apenas cráteres -es decir, muy joven- extrañamente parecida a una pizza. La verdadera naturaleza de Ío no se aclararía hasta cuatro días después, cuando la ingeniera de navegación del JPL Linda Morabito descubrió lo que parecía ser una erupción volcánica en una imagen del limbo de Ío vista a contraluz. ¡Volcanes en el Sistema Solar exterior! La noticia causó sensación. Efectivamente, pronto se supo que Ío es el mundo con mayor actividad volcánica del Sistema Solar, cortesía de las brutales fuerzas de marea a la que está sometido.

Imagen 28 - El volcán Loki de Ío pillado in fraganti. Créditos: NASA/JPL

Imagen 29 - Linda Morabito poco después del descubrimiento. Créditos: NASA

La sonda pasó a 734 000 kilómetros de Europa, pero no tomó imágenes porque se aproximó por el hemisferio nocturno. Por suerte, antes había fotografiado este satélite desde unos dos millones de kilómetros. El 6 de marzo sobrevoló Ganímedes, el mayor de los satélites galileanos, a 114 000 kilómetros de distancia, revelando una compleja corteza de hielo formada aparentemente por dos tipos de terreno, incluyendo unos misteriosos surcos frutos de algún tipo de actividad tectónica. Trece horas después del encuentro con Ganímedes se acercó a 126 000 kilómetros de Calisto, que resultó ser uno de los cuerpos con una superficie más antigua de todo el Sistema Solar. Cráteres de todos los tamaños se acumulaban en su corteza de hielo, incluyendo la enorme cuenca de impacto Valhalla, con un diámetro de 3800 kilómetros. El encuentro se saldó con el descubrimiento de varias lunas, entre las que destacan Adrastea, Metis y Tebe.

Imagen 30 - Cuenca de impacto Valhalla en Calisto. Créditos: NASA

Por su parte, la Voyager 2 comenzó su fase de observación de Júpiter el 24 de abril de 1979. A resultas de los descubrimientos de su hermana se decidió cambiar el programa del encuentro y se incluyeron más observaciones del volcánico Ío, cuya inusual actividad había encandilado a los científicos y medios de comunicación por igual. El 9 de julio la sonda pasó a 570 000 kilómetros de las nubes de Júpiter y se acercó luego a 62 000 kilómetros de Ganímedes y a 205 000 kilómetros de Europa. Si Ío había sido el protagonista del encuentro de la Voyager 1 con Júpiter, Europa lo sería del encuentro de la Voyager 2. En las imágenes de la Voyager 1 a gran distancia, esta luna aparecía como una simple bola blanca sin apenas marcas, pero la Voyager 2 nos descubrió uno de los mundos más apasionantes del Sistema Solar. Europa tiene una corteza de hielo que se renueva constantemente y bajo la cual puede que se esconda un océano de agua líquida donde quizás existan las condiciones para que florezca la vida. Hoy en día, Europa nos sigue llamando.

Imagen 31 - Mosaico de Europa captado por la Voyager 2. Créditos: NASA

La Voyager 2 transmitiría un total de 17 000 imágenes del sistema de Júpiter, incluyendo las mejores obtenidas de sus tenues anillos. Sin embargo, el resultado más importante del encuentro fue el cambio en nuestra visión de Júpiter. Hasta ese momento, Júpiter parecía ser un aburrido planeta rodeado de bolas de hielo aún más aburridas. Las Voyager descubrieron una variedad de mundos nunca antes imaginada, mundos activos y complejos que hicieron añicos los modelos teóricos de la época.

Saturno

Tras sobrevolar Júpiter, las Voyager fueron aceleradas por el campo gravitatorio del planeta y alcanzaron la velocidad de escape del Sistema Solar. Ya no había marcha atrás. Las Voyager se habían convertido en la segunda pareja de naves interestelares de la humanidad, después de las Pioneer 10 y Pioneer 11.

Imagen 32 - Saturno visto por la Voyager 2. Créditos: NASA

La Voyager 1 realizó dos maniobras con el fin de corregir su trayectoria el 9 de abril y el 10 de octubre de 1979 para asegurarse de que la sonda sobrevolaría Titán, pero obviamente teniendo cuidado de no impactar contra él. Por fin, el 12 de noviembre de 1980 la Voyager 1 se acercó a tan sólo 4000 kilómetros de Titán. Después de tantos sacrificios para poder realizar este sobrevuelo, las imágenes fueron un poco decepcionantes. Por entonces ya se sabía que Titán era la única luna del Sistema Solar con atmósfera y el equipo de la Voyager esperaba poder fotografiar la superficie. Algunos científicos incluso esperaban que Titán podría albergar océanos de metano. Pero no pudo ser. Todo el satélite estaba cubierto por una espesa neblina de hidocarburos que impidía ver la superficie, salvo en el infrarrojo. Desgraciadamente, las cámaras de las Voyager no funcionaban en estas longitudes de onda. La Voyager 1 descubriría que la atmósfera de Titán era mucho más densa de lo esperado -1,5 veces la presión de la atmósfera terrestre- y que era el nitrógeno, no el metano, su elemento más abundante. Hoy en día sabemos que Titán es un mundo apasionante, pero por entonces todavía quedaban muchos años antes de que la sonda Cassini descubriese finalmente los tan esperados mares y lagos de metano del hemisferio norte.

Imagen 33 - La estructura compleja de los anillos de Saturno. Créditos: NASA

Tras el sobrevuelo de Titán, la Voyager 1 cambiaría su trayectoria de tal forma que no podría visitar Urano y Neptuno. El resto de lunas del sistema de Saturno resultaron ser bolas de hielo, pero bolas con una interesante historia a cuestas. La nave pasó a 416 000 kilómetros de Tetis, una luna repleta de cráteres con una gigantesca fractura, denominada Ithaca Chasma, que recorre su superficie de polo a polo y que termina en el enorme cráter Odysseus de 450 kilómetros de diámetro, es decir, dos quintos del diámetro del satélite. El 12 de noviembre, la Voyager 1 sobrevoló Saturno a 64 200 kilómetros de sus nubes más altas, descubriendo detalles nunca imaginados en la estructura de los anillos. Poco después pasó a 88 000 kilómetros de Mimas, un pequeño satélite de 390 kilómetros marcado por la huella del gigantesco cráter Herschel de 130 kilómetros, causante de que esta luna sea conocida con el apodo de 'Estrella de la Muerte'. El 13 de noviembre la sonda se acercó a 202 000 kilómetros de Encélado, cuya lisa y brillante superficie del hemisferio sur revelaba signos de una actividad geológica inusual. Posteriormente le tocó el turno a Dione, un satélite repleto de cráteres muy parecido a Tetis. Pero la luna con más cráteres resultó ser Rea, a la que se acercó a 74 000 kilómetros de distancia.

Imagen 34 - Titán visto por la Voyager 2. Créditos: NASA

El encuentro con Saturno aceleró la sonda en 3,73 km/s y la catapultó 35º por encima del plano de la eclíptica. La misión planetaria de la Voyager 1 había concluido. A partir de entonces, la principal tarea de la nave sería monitorizar el medio interplanetario.

La Voyager 2 comenzó su visita a Saturno el 5 de junio de 1981. El 23 de agosto tuvo lugar el máximo acercamiento a Japeto, una misteriosa luna con un hemisferio oscuro y otro brillante. Ese mismo día fotografió Hiperión, un satélite de rotación caótica y forma irregular que también constituía un enigma para los investigadores. El 24 de agosto la nave se acercó a medio millón de kilómetros de Titán y observó su polo norte, aunque tampoco fue capaz de vislumbrar la superficie a través de la impenetrable neblina anaranjada de hidrocarburos. Tras realizar más observaciones de otros satélites, el 26 de agosto la Voyager 2 pasó a 41 000 kilómetros de las nubes de Saturno. Media hora después sobrevoló Encélado a 87 000 kilómetros, confirmando las observaciones de la Voyager 1. Años después se descubriría que Encélado posee géiseres de agua en el hemisferio sur, géiseres que alimentan el anillo E de Saturno y convierten a esta pequeña luna en uno de los mundos más interesantes de todo el Sistema Solar.

Entre otras cosas, las Voyager también descubrieron que Saturno puede presumir de tener unos vientos extremadamente rápidos, de nada más y nada menos que 1800 km/h. Por otro lado, la existencia de 'lunas pastoras' que dan forma a los anillos gracias a las interacciones gravitatorias también fue toda una sorpresa.

Urano

Durante los encuentros con Júpiter y Saturno, la Voyager 1 había acaparado en cierta forma los titulares de la misión. Pero ahora que la Voyager 2 continuó en solitario, la cosa cambió. Para poder cumplir su misión a las enormes distancias a la que se encuentra Urano, fue necesario superar varios retos tecnológicos. Debido a los sucesivos encuentros con Júpiter y Saturno, la velocidad de la Voyager 2 había aumentado considerablemente y pasaría por el sistema de Urano a una enorme velocidad. Para complicar las cosas, la iluminación solar en la órbita de Urano era muy inferior a la encontrada por la nave a la distancia de Júpiter. Además, la geometría del sistema dificultaba el encuentro, ya que todos los satélites están situados en un plano inclinado 90º con respecto a la eclíptica. El eje de Urano está 'tumbado', al igual que lo están los planos orbitales de sus satélites. Como resultado, con el fin de permitir que la Voyager 2 pudiera fotografiar Urano y sus lunas se realizaron varias modificaciones. Por un lado, se reprogramó el sistema de propulsión para que los impulsores fueran capaces de efectuar maniobras menos bruscas. Por otro lado, se introdujo un nuevo sistema para comprimir las imágenes, muy parecido a los algoritmos usados por la mayoría de formatos de imágenes digitales actuales, pero toda una novedad en la época (no olvidemos que estamos hablando de mediados de los años 80). Debido al largo tiempo de exposición requerido para obtener imágenes en unas condiciones de iluminación tan poco favorables, también fue preciso sincronizar al milímetro el movimiento de giro de la nave y de la plataforma para evitar que las fotografías saliesen desenfocadas.

Imagen 35 - Composición del sistema de Urano y sus lunas. Créditos: NASA

Por culpa de la curiosa inclinación del eje de Urano y sus lunas, la Voyager 2 atravesó el sistema en un sólo día, como si fuese una bala dirigida hacia una enorme diana. El encuentro tuvo lugar el 24 de enero de 1986 y la nave pasó a 81 500 kilómetros de Urano. El descubrimiento más importante fue sin duda la tortuosa naturaleza de la pequeña luna Miranda, formada aparentemente a partir de fragmentos de otros satélites anteriores. Hoy en día, Miranda es famosa por poseer los mayores acantilados del Sistema Solar, Verona Rupes, con una caída de 5-10 kilómetros. Debido a la baja gravedad de Miranda, un astronauta tardaría doce minutos en caer por estos acantilados y alcanzaría el fondo a 200 km/h.

Imagen 36 - Verona Rupes en Miranda, los acantilados más altos del Sistema Solar. Créditos: NASA

Los otros cuatro grandes satélites de Urano resultaron ser conglomerados de hielo y roca muy parecidos a los satélites de Saturno y tanto Titania como Ariel presentaron indicios de cierta actividad tectónica. La Voyager 2 también descubriría que el campo magnético del planeta está desviado 60º con respecto al eje de rotación, provocando que la magnetosfera se retuerza como un sacacorchos. De los diez nuevos satélites descubiertos durante el encuentro, varios eran lunas pastoras que perfilaban los finos anillos de Urano.

Neptuno

El 14 de febrero de 1986, los impulsores de la Voyager 2 se encendieron durante 2,5 horas para realizar una ajuste de trayectoria que garantizase el sobrevuelo de Neptuno. La nave consumió 12 kg de hidrazina en la maniobra, la última importante de toda la misión. Tomar fotografías a la distancia de Neptuno suponía un reto aún mayor que en el caso de Urano, pero el equipo de las Voyager había agotado los 'trucos' tecnológicos para facilitar esta tarea. La solución pasaba por aumentar, una vez más, el tamaño de las antenas de la DSN, que pasaron de 64 a 70 metros de diámetro. También se aumentó su número: hasta 38 antenas participarían en el encuentro con Neptuno.

Imagen 37 - Las nubes de Neptuno. Créditos: NASA

Durante agosto de 1989, la Voyager 2 descubrió un planeta activo. Frente al soso Urano, Neptuno presentaba varias formaciones nubosas, entre las que destacaba la Gran Mancha Oscura, mancha que desaparecería pocos años después. La Voyager 2 también midió los vientos más rápidos de cualquier planeta del Sistema Solar: 2000 km/h (!). El encuentro propiamente dicho tendría lugar el 25 de agosto, cuando la nave pasó a 5000 kilómetros del planeta. Se descubrieron seis nuevas lunas: Naiad, Thalassa, Despina, Galatea, Larissa y Proteus.

Unas cinco horas después pasó a 39 800 kilómetros del centro de Tritón, la mayor luna de Neptuno. Tritón es en realidad un objeto transneptuniano muy similar a Plutón capturado por la gravedad de Neptuno. Con una temperatura superficial de apenas 38º C por encima del cero absoluto, Tritón presenta una compleja superficie con una tenue atmósfera de nitrógeno y una corteza formada por este mismo elemento (a esa temperatura, el nitrógeno sólido tiene la consistencia de la roca en la Tierra). La Voyager 2 descubrió oscuros géiseres de nitrógeno mezclado con materia orgánica, resultado de una actividad criovolcánica. Estos volcanes de nitrógeno en los confines del Sistema Solar serían las últimas maravillas planetarias descubiertas por las Voyager.

Imagen 38 - El misterioso 'terreno de piel de melón' de Tritón con sus géiseres de nitrógeno. Créditos: NASA

Camino a las estrellas

La visita de las Voyager 2 al sistema de Neptuno cerró una fase histórica. La humanidad había concluido su primera exploración del Sistema Solar exterior, y todo en menos de una década. La gravedad de Neptuno desvió la trayectoria de la Voyager 2 hacia el sur de la eclíptica, en el sentido opuesto a su hermana. A partir de entonces, el objetivo de las dos sondas sería determinar dónde finaliza la heliosfera, es decir, encontrar el límite que separa el Sistema Solar del espacio interestelar, límite conocido como heliopausa. El azar quiso que las dos Voyager se dirijan hacia el frente más cercano de la heliopausa. De no haber sido así, las dos naves habrían agotado su fuente de energía mucho antes de alcanzar el límite de la heliosfera.

Imagen 39 - Estructura de la heliosfera. Créditos: NASA

El 14 de febrero de 1990, las cámaras de la Voyager 1 funcionaron por última vez para tomar 64 emotivas fotografía, un 'retrato de familia' de los planetas del Sistema Solar a seis mil millones de kilómetros de distancia, con excepción de Mercurio y Marte, demasiado débiles para ser captados a esa distancia. Este retrato de familia sería el legado de las cámaras de las Voyager después de haber obtenido más de 67000 imágenes. Las fotos, sin valor científico alguno, servirían de inspiración para la famosa obra 'Un punto azul pálido' de Carl Sagan. Para entonces, las dos Voyager estaban tan lejos que la Tierra no era más que un minúsculo y humilde punto azul en la inmensidad del espacio interplanetario. En palabras de Sagan:
Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es casa. Eso es nosotros. En él se encuentra todo aquel que amas, todo aquel que conoces, todo aquel del que has oído hablar, cada ser humano que existió, vivió sus vidas. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de la civilización, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada esperanzado niño, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de luz del sol.

Imagen 40 - Retrato del Sistema Solar. Créditos: NASA

Imagen 41 - La Tierra como un simple punto azul pálido. ¿La encuentras?. Créditos: NASA

Definitivamente, si al ver esta imagen no sientes un escalofrío, es que no eres humano.

A medida que la potencia de los RTGs fue disminuyendo, las Voyager fueron apagando sus instrumentos uno a uno. Un poco como en aquella memorable escena de '2001', cuando Dave Bowman apaga poco a poco al díscolo HAL 9000. Moviéndose a una velocidad de 17,4 km/s -o lo que es lo mismo, 540 millones de kilómetros al año-, el 17 de febrero de 1998 la Voyager 1 adelantó a la Pioneer 10 y se convirtió en el objeto humano más lejano. Y muy probablemente lo será durante muchas décadas. Por su parte, la Voyager 2 se aleja del hogar a 16 km/s, recorriendo 470 millones de kilómetros al año, aunque todavía le queda algún tiempo para adelantar a la Pioneer 10. La sonda New Horizons, también destinada a abandonar el Sistema Solar, jamás adelantará a las Voyager, ya que su velocidad hiperbólica será inferior a los 15 km/s.

La Voyager 1 alcanzó la onda de choque de la heliopausa (bow shock) en 2003-2004 -la fecha exacta se discute aún-, cuando se encontraba a unos 14000 millones de kilómetros del Sol. La Voyager 2 hizo lo propio el 30 de agosto de 2007, unos 1600 millones de kilómetros más cerca del Sol que su compañera. Recientemente, observaciones de los rayos cósmicos captados por la Voyager 1 parecen indicar que al fin la sonda se está acercando a la heliopausa, aunque podría tratarse de una falsa alarma. En cualquier caso, la mayoría de modelos predicen que para 2020 las dos sondas deberán haber alcanzado el límite del Sistema Solar.

Imagen 42 - Ruta de escape del Sistema Solar de las Voyager y Pioneer 10 y 11. Créditos: NASA

Imagen 43 - Trayectoria de las dos Voyager hacia el frente de la heliopausa. Créditos: NASA

Imagen 44 - Trayectoria relativa de las dos Voyager con respecto a la eclíptica. Créditos: NASA

Imagen 45 - Incremento de los rayos cósmicos recibidos por la Voyager 1. ¿Se acerca a la heliopausa?. Créditos: NASA

La potencia de los RTGs disminuye año tras año de forma inexorable. En algún momento alrededor de 2025 o 2030, casi medio siglo después de ser lanzadas desde la Tierra, las dos sondas se apagarán para siempre y nunca volveremos a escuchar su señal. Pero la aventura no habrá concluido. Una vez en el espacio interestelar, las Voyager seguirán alejándose del Sol durante toda la eternidad, suponiendo que no choquen con un pequeño asteroide en su camino. Dentro de 38000 años, la Voyager 1 pasará silenciosamente a 1,6 años luz de AC+79 3888, una estrella anónima en la constelación de Camelopardalis. Si alguna noche contemplas el cielo estrellado, acuérdate de mirar hacia la constelación de Ofiuco. Allí está la Voyager 1. Por su parte, la Voyager 2 se acercará a 'solamente' 1,7 años luz de la estrella Ross 248 dentro de 40000 años. Y si esperamos 296 000 años, veremos como pasa a 4,3 años luz de Sirio, la estrella más brillante del cielo.

¿Pero sabes que es lo más fascinante de estas naves? Que dentro de decenas de millones de años, cuando la humanidad haya desaparecido y no quede ningún rastro de nosotros, las Voyager seguirán ahí fuera con su mensaje -nuestro mensaje- al Universo. Un mensaje que se resume en un 'estuvimos aquí. Vivimos y exploramos el cosmos con curiosidad. No nos olvides'.

Daniel Marín
para Eureka

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